jueves, 29 de octubre de 2009

Los 10 desiertos más bellos del mundo

Formaciones de otros mundos en los paisajes terrestres
Los desiertos son travesías de vida o muerte, un contraste permanente. Luz en el día, oscuridad en la noche. La tierra arde bajo el sol pero se vuelve fría como el acero a partir del crepúsculo.
La vida, preparada para condiciones extremas, se abre paso durante la jornada diurna a escasos centímetros por debajo de la arena, con la llegada de la noche y el frío un mundo animal único florece; felinos, búhos, antílopes...
Es una tarea difícil para un humano soportar las extremas condiciones del desierto, pero eso no impide que nos asombre la belleza de sus paisajes, propios de otros mundos.
Los ingredientes principales del desierto son calor, sol y arena, pero en ocasiones la naturaleza nos brinda singularidades en sus aparentemente monótonos paisajes.
Se ha desarrollado un top 10 de los desiertos con las formas más bellas y extrañas del planeta Tierra:

*El Cráter Kebira (31km de diámetro), en el desierto del Sahara (Egipto y Libia).
*Fraser Island (Isla Fraser), costa este de Australia.
*Monument Valley (Valle de los monumentos) en Utah (EEUU).
*Desierto de Atacama, Chile.
*La costa esqueleto del desierto del Namib (Angola y Namibia)
*Pueblo del Oeste en el desierto de Almería (España).
*El 'Cuarto Vacío' en Arabia Saudí.
*Dunas de arena Khongoryn Els ("Las dunas cantoras") en Mongolia.
*Valle de la muerte en California (EEUU).
*Los valles secos de la Antártida en McMurdo (Antártida
).

miércoles, 21 de octubre de 2009

“Argentina es el país de las tierras secas”

En el afán por cuestionar los grandes mitos nacionales, Página/12 se ocupó esta vez del que tal vez sea el mito nacional por excelencia: el de la Argentina como país de tierras fértiles, donde alcanza con tirar una semilla para que emerja todo tipo de cultivos. Elena Abraham, especialista en desertificación, propone que reconocer la aridez de la mayor parte de nuestro territorio es condición indispensable para alcanzar un mejor desarrollo productivo.

Por Leonardo Moledo y Nicolás Olszevicki

–Entre el 21 de septiembre y el 2 de octubre se realizó en Buenos Aires la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (Cnuld), de la que usted participó. Lo curioso es que si uno se pusiera a preguntarle a la gente, en general diría que la desertificación no tiene nada que ver con nosotros. Aprovechando que tengo enfrente a la persona que, según los rumores, más sabe de desiertos en Argentina, pregunto: ¿Por qué nos importa la desertificación?
–Justamente porque es necesario entender y transmitir que la Argentina no es el país de las vacas, aquel al que le cantaba Lugones con su “Oda a los ganados y las mieses”, sino que es el país de las tierras secas.
–Desierto...
–Tierras secas es un concepto más amplio que desierto, porque al decir desierto estamos pensando en un concepto que tiene mucha fuerza desde el punto de vista de la comunicación: viene del latín “desertare”, que significa un lugar sin gente, inhabitado, que no tiene soporte para la vida. Eso se sostiene sólo sobre la etimología de la palabra, pero en realidad no es así, porque si nosotros nos fijamos en lo que han significado los desiertos para la historia de la humanidad, los desiertos son los lugares donde nace la civilización.
–¿Piensa, por ejemplo, en el desierto del Sahara?
–En general. Las civilizaciones nacen en los lugares más favorables dentro de los desiertos. Lo que hay que entender cuando uno habla de desiertos es que no estamos hablando de un gran ambiente, de un gran sistema, sino de una cantidad de condiciones enormemente variables.
–Porque la civilización, en su primer estadio, es la lucha contra el desierto: canalizar, regar... Ahora, usted decía que la Argentina es el país de las tierras secas. ¿Qué porcentaje del país es seco?
–El 75 por ciento.
–¿El 75 por ciento?
–El 75 por ciento tiene condiciones de sequedad, en mayor o en menor grado.
–Es increíble... ¿Y qué significa eso?
–En primer lugar, que tenemos un país que le da la espalda a su realidad. Porque un país que no reconoce que su territorio tiene condiciones áridas es un país que no está pensando realmente en sus recursos, en sus potencialidades y en sus problemas. A través de la historia, hemos elaborado un modelo de país, una figurita (la del país exportador de productos agrícola-ganaderos) que no se corresponde con la realidad.
–El país de las vacas y las mieses...
–Y de esta manera dejamos de trabajar con lo que verdaderamente tenemos: con nuestra gente, con nuestras posibilidades, con nuestros recursos. Solucionar este problema es el objetivo que se propuso el Iadiza (Instituto Argentino de Investigaciones de las Zonas Aridas), que hace cuarenta años empezó como un esfuerzo provincial, nacido en Mendoza. Desde entonces hemos estado trabajando con todas las características que tienen los ambientes secos, tanto las naturales como las sociales, tanto las de investigación como las de transferencia, como las de aplicación, como las de tecnología, como las de docencia...
–¿Qué es lo que se puede sacar del desierto? Mendoza, por ejemplo, es un desierto sobre el que se consiguió, a fuerza de trabajo, sacar muchas cosas. Hay una cultura del trabajo que en otros lugares, donde los cultivos crecen solos, no existe. Lo que se obtiene en Mendoza proviene de los oasis, ¿o no?
–Esa es la imagen, pero también la cultura del trabajo tiene que ver mucho con la filosofía del inmigrante. El oasis es lo construido. Pero nuestro objetivo, justamente, es descubrir todo lo que está detrás de lo que es lo más visible, o sea, todo lo que está por fuera del oasis.
–Hay como dos direcciones posibles de desarrollo. Una sería extender el oasis. La otra es hacer producir el desierto. Lo que uno pensaría usando el sentido común, que no necesariamente dice la verdad, es que habría que extender el oasis.
–Yo pienso que una cosa no va contra la otra. Como en todo, son cuestiones complementarias. La idea es tratar de encontrar el modo de lograr un desierto productivo, con sustentabilidad, que se complemente con las actividades que se realizan en el oasis. La idea es superar la relación de competencia o de parasitismo que ha sido imperante hasta el momento. Hasta hoy lo que ha pasado es que con la lógica de apropiación de los recursos naturales, el capital natural y social del desierto se ha puesto al servicio de la concentración del poder en la zona del oasis.
–¿Y entonces?
–Nosotros pensamos que el desierto tiene capacidad productiva siempre y cuando respetemos sus reglas. No se trata de luchar contra el desierto, sino de vivir en el desierto. Eso conlleva muchos desafíos para el investigador. El primero es charlar con la gente que aún vive en el desierto para recuperar conocimientos tradicionales. El segundo es tratar de mejorar con alternativas tecnológicas y de conocimiento los medios de producción...
–¿Qué proporción de la población de Mendoza vive en el desierto?
–No tengo el dato específico. En las ciudades tenemos densidades de población de aproximadamente 300 habitantes por kilómetro cuadrado. En el desierto, la densidad baja a medio habitante por kilómetro cuadrado. Está prácticamente deshabitado. La gente, en el desierto, se nuclea en pequeñas concentraciones humanas y va disponiendo su actividad en relación con los modos de producción. En este caso, nosotros tenemos un desierto que se basa en la producción ganadera.
–¿Pero qué producción...?
–En el norte de Mendoza, en la zona árida más importante (el desierto de Lavalle), es una ganadería menor, de subsistencia. En el centro, donde el clima es más favorable, tenemos una ganadería mayor. Una de las líneas que trabajamos, entonces, es la de una producción ganadera sustentable, tanto de cabras como de ganado mayor.
–¿Y a qué va eso?
–Va a que en el desierto, las comunidades trabajan con rodeos que están en malas condiciones desde el punto de vista sanitario y con una sobrecarga de animales en relación con la capacidad de carga del sistema. Esto ocurre porque están respondiendo a una lógica de subsistencia, en la que se producen fundamentalmente cabritos. Acá hay un desafío muy fuerte, que es trabajar con todas las gradaciones de la aridez. Nosotros nos hemos centrado en la zona con mayores restricciones, la zona más árida de todas.
–¿El desierto está estabilizado? ¿O cada vez hay más desierto?
–Es cada vez más desierto, porque está sometido a los procesos de desertificación (palabra que proviene del latín, también, y que significa “hacer desiertos”). Se están haciendo desiertos por el mal uso de los recursos del desierto. Ese proceso está amenazando la productividad de prácticamente todas las tierras secas del mundo y responde a razones políticas, culturales, económicas. La desertificación es un fenómeno que sólo se puede entender mediante la teoría de los sistemas complejos, interdisciplinariamente.
–¿Y cuáles son las causas de esa desertificación?
–En la base de estos procesos naturales está la restricción del aporte de recursos hídricos: bajas precipitaciones, sequías recurrentes, empobrecimiento de los suelos, degradación de las tierras, escasez de las tierras, talas indiscriminadas que terminan con bosques secos (que, al ser de muy lento crecimiento, tardan siglos en recuperarse). Eso es lo que está pasando en el Chaco, y pasó en Mendoza hace cien años. Es un proceso que está vivo, que comienza con las maderas de mayor interés y termina con todo.
–Usted dijo que el 75 por ciento de las tierras son tierras secas. ¿Todas esas tierras secas son consecuencia del mal uso por parte del hombre?
–Tenemos que diferenciar las tierras secas que se dan por condiciones climáticas de las tierras secas afectadas por procesos de desertificación, que degradan las tierras y las tornan improductivas. Muchas tierras son naturalmente capaces, pero las hemos ido degradando a lo largo del tiempo, a través de procesos como la tala del bosque, el sobrepastoreo, la actividad minera, la actividad petrolera, el crecimiento de los grandes núcleos urbanos, la expansión de la frontera agropecuaria... y es uno de los mecanismos más fuertes que tenemos en este momento de producción de desertificación.
–¿Por qué?
–Porque se va talando la vegetación natural para implementar el cultivo. Anteriormente era algodón, ahora es soja. Siempre el monocultivo va atentando contra la diversidad biológica y social.
–Si la tala se llevara a cabo no para implementar un monocultivo, sino un policultivo... ¿qué pasaría? Digo: si yo pudiera regar el desierto, expandir la frontera agrícola de manera razonable (en el sentido de no implantar el monocultivo) la gente viviría mejor en el desierto.
–Usted ha dicho la palabra mágica: razonable. Tiene que ser de una manera planificada y basada en el conocimiento. Nadie está en contra de la transformación del sistema para producir actividades que tengan que ver con el uso del suelo y con un mejor aprovechamiento económico. Pero se puede hacer de muchas maneras, y hay algunas que son menos dañinas que otras, tanto para el sistema como para los grupos sociales.
–¿Hay maneras de transformar desierto en oasis?
–La historia nos dice que sí. Incluso se puede decir que es uno de los elementos del uso del suelo que no podemos olvidar.
–¿Y eso es bueno?
–Es bueno transformar el desierto en oasis, pero manteniendo la diversidad del desierto, conservando las distintas vocaciones que tienen los distintos ambientes y las distintas poblaciones para producir. El oasis no es el único modo de producción que puede haber en un desierto. Tiene que ser complementario con otro tipo de usos del suelo y tipos de modo de vida que existen en ambientes que no son precisamente el oasis.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo: nosotros tenemos el oasis norte de Mendoza, que es el polo vitivinícola, pero a su vez eso está rodeado por un desierto. Todo el desierto que rodea al oasis no es una zona uniforme: tiene distintas condiciones, distintas potencialidades, que son las que hay que tratar de desarrollar para que ese territorio cumpla con toda su vocación. En el norte de Mendoza tenemos una zona que puede ser agro-silvo-pastoril, en donde podemos reimplantar el bosque, en donde podemos entregarle a la gente tecnologías para producir leche de cabra, carne, podemos hasta llegar a implementar una articulación del territorio a través de unidades productivas que al mismo tiempo conserven el sistema y le permitan a la gente tener mayores posibilidades de ingresos e insertarse en los circuitos económicos (evitando caer en condiciones de pobreza y marginalidad). A lo que apunto es a que, con muy poco esfuerzo, se pueden desarrollar modelos alternativos de desarrollo del árido, que tienen que ver con potenciar los recursos endógenos del territorio y devolverle su capital natural y social, para que estén en condiciones de competir con otros territorios que históricamente han sido más beneficiados.
–¿Eso es posible o es una utopía?
–Nosotros estamos convencidos de que es posible, y estamos trabajando desde hace mucho tiempo para desarrollar el modelo. Ahora lo estamos implementando con comunidades del desierto en unidades de producción y servicio, dado que la única manera de convencer a quienes toman las decisiones es que los resultados se vean. El asunto es que el desierto, con inversiones (tanto de conocimiento como de capital) y con el sentido de desarrollo, se puede transformar hasta donde uno quiera. Habría que pensar, también, qué modelo de desarrollo queremos.
–Bueno, eso es lo que siempre se dice.
–Pero no por eso es menos cierto. ¿Queremos un desierto transformado hasta el infinito, como ocurre en la ciudad de Las Vegas, donde todo gira alrededor de algo totalmente industrializado que, cuando caiga, va a volver a ser desierto? ¿O queremos un desierto más acorde con su real potencialidad y con sus recursos endógenos que, con algo de inversión de capital, pueda desarrollar sus potencialidades?
–Hay un ejemplo de transformación del desierto, que es el de Israel...
–Para ellos fue un poco más simple, porque el territorio que tienen es muy pequeño. Uno de los problemas que tenemos acá es que el territorio a transformar es enorme. Además, somos un país en vías de desarrollo, sin grandes capitales y que, por si fuera poco, ignora el desierto. Sospecho que hay otro problema. En el desierto no solamente hay pocos árboles, sino que también hay pocos votos.

jueves, 15 de octubre de 2009

África: un muro verde contra el desierto

Actualmente, un tercio de la población mundial se ve afectada por la expansión de los desiertos. Un 40 % de las tierras son áridas, y la desertificación avanza a un ritmo alarmante. Sudamérica, Medio Oriente y Asia Central serán algunas de las regiones afectadas. Pero la que más sufrirá los efectos de la desertificación es África. Mientras las potencias se niegan a ampliar los presupuestos mundiales para tratar este problema, el desierto del Sahara avanza desenfrenadamente obligando a poblaciones enteras a desplazarse ante la llegada de la arena. Una muralla de árboles de más de 7.500 kilómetros para contenerlo, parece ser la única esperanza.


África va a ser el continente más afectado por la desertificación en los próximos años

La alarmante expansión del desierto del Sahara amenaza la fertilidad de las tierras africanas y pone en peligro a millones de personas que deberían desplazarse en los próximos años para poder proveerse de agua y alimentos.
A fines del mes pasado, el gobierno de Senegal presentó una propuesta ante las Naciones Unidas denominada “la muralla verde”. Este proyecto consiste en plantar una barrera de árboles desde Dakar, la capital senegalesa situada a orillas del Atlántico, hasta Yibuti, que se encuentra sobre el Mar Rojo en el otro extremo del continente.
Esta franja boscosa tendría unos 7.500 kilómetros de longitud y unos 15 kilómetros de ancho y estaría situada a las puertas del desierto del Sahara en la región denominada Sahel. El gobierno senegalés ya avanzó en la propuesta y lleva plantados unos 525 kilómetros de árboles. En tanto, los gobiernos de Mali y Chad confirmaron su participación en el proyecto.
Como complemento, algunos arquitectos de la Universidad de California sugirieron solidificar el límite sur del desierto antes de la barrera de árboles, para evitar aun más el avance del Sahara.
La solidificación se efectuaría a través de la inoculación de la bacteria Bacillus Pasteurii en las dunas, ya que convierte la arena en calcita, que es sólida como el cemento. Esta propuesta fue bien recibida en las Naciones Unidas, debido a que algunos detractores de la muralla verde afirman que los árboles podrían ser talados ilegalmente para utilizar la madera como combustible.
El proyecto de la muralla verde en conjunto con la solidificación de la arena, también contempla la posibilidad de crear grandes reservorios de agua de lluvia que podrían llenarse durante las estaciones húmedas para que sean aprovechados durante la época de sequía, que es la mayor parte del año.

DESENCUENTROS EN BUENOS AIRES

A fines de septiembre se desarrolló, en la capital argentina, la Convención de Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación, a la que concurrieron representantes de 193 países.
Las impresionantes conclusiones allí expuestas, luego de varios estudios ambientales, demuestran que el tiempo es uno de los peores enemigos de los terrenos fértiles, ya que el avance de la desertificación deteriora el 1 % de las tierras cultivables por año.Actualmente, un tercio de la población mundial se ve afectada por la expansión de los desiertos.
Un 40 % de las tierras son áridas, esto significa que la desertificación avanzó entre un 15 y un 25 % desde 1990. Si este ritmo se mantuviera constante, para 2025, el porcentaje de tierras áridas sería del 70 %, de acuerdo con uno de los informes presentados en la Convención.
África va a ser el continente más afectado por la desertificación. Pero, no va a haber que esperar 15 años para comenzar a percibir los efectos, ya que por ejemplo el pueblo de Gidan-Kara, en Níger tuvo que ser evacuado y sus pobladores relocalizados en otras ciudades, por causa de la expansión del Sahara.
Senegal, que es el principal interesado en la muralla verde, sufre la migración interna. Varios habitantes de pueblos alcanzados por el desierto se ven obligados a buscar refugio en algún barrio periférico de Dakar, en condiciones de miseria y hacinamiento.
A los factores ambientales hay que agregarle la falta de coordinación de medidas comunes entre las potencias y los países en desarrollo. En la convención de Buenos Aires, se acordó un aumento de sólo el 4,3 % del presupuesto para combatir la desertificación, en los próximos dos años.
Una cifra exigua si se tiene en cuenta que los países afectados solicitaron el 39 %.Tanto Japón como Estados Unidos fueron los mayores opositores a la ampliación del presupuesto. Las potencias alegaron que el impedimento más fuerte para aumentar la contribución en defensa de las tierras fértiles es la crisis económica mundial.
Algunos analistas sostienen que los países ricos no sufren directamente la desertificación, ya que este problema se encuentra principalmente en África, Sudamérica, Medio Oriente y Asia Central.
En entrevistas realizadas por diversos medios, el ingeniero argentino Octavio Pérez Pardo, director nacional de Conservación del Suelo y Lucha contra la Desertificación, se mostró decepcionado con el desarrollo de la Convención.
En una de sus denuncias señala que el mundo invirtió unos 226 mil millones de dólares para reducir los gases que provocan el efecto invernadero, sin embargo sólo dedicó 500 millones para la conservación de suelos, bosques y recursos hídricos.
El sinsabor que produjo la falta de consenso en la Convención de Buenos Aires podría llegar a constituir un antecedente de lo que suceda en la cumbre sobre cambio climático que se va a desarrollar en Copenhague en diciembre.
El protocolo que allí se firme va a reemplazar al de Kyoto y va a determinar qué políticas medioambientales se van a llevar a cabo para revertir los efectos devastadores que están afectando a la humanidad y a la biodiversidad de nuestro planeta.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La desertificación sigue sin freno

Dos semanas de debates en Buenos Aires apenas han hecho avanzar la lucha internacional contra la desertificación. El sábado concluyó la novena conferencia de la Convención de la ONU de Lucha contra la Desertificación. El único logro ha sido definir una lista de once indicadores que ayudarán a evaluar y objetivar la dimensión del problema medioambiental antes de tomar acciones. Sin embargo, los debates demostraron cómo la degradación de los suelos y la pérdida de tierra fértil son una amenaza para la seguridad alimentaria en los países en desarrollo y un foco de refugiados por causas ambientales.

El hombre agrava la degradación del suelo

La desertificación es un proceso de degradación que hace que terrenos áridos o semiáridos pero sin las condiciones climáticas de los desiertos terminen teniendo las características de estos. La erosión del suelo (por el viento o el agua), la destrucción del suelo fértil y la sobreexplotación humana (pastoreo excesivo, extracción de las aguas subterráneas o deforestación) son las principales causas. El hombre, pues, puede hacer avanzar el desierto.
En el orden práctico, lo más relevante fue el acuerdo de poner en marcha once indicadores para medir la desertificación; pero sólo dos deberán ser instaurados en los países firmantes los próximos dos años, mientras que los otros nueve serán de cumplimiento voluntario.
Los dos indicadores obligatorios son el porcentaje de población que vive por debajo de la línea de la pobreza en las áreas afectadas por la desertificación y el estado de cobertura vegetal del suelo. A diferencia del protocolo de Kioto, que fija metas de reducción de gases cuantificables, el convenio de lucha contra la desertificación carece de objetivos claros.
Y como sucede en estos casos, la imagen que quiso transmitir la secretaría de la cumbre fue mucho más optimista que la realidad.
"Esto es una buena noticia y un éxito revolucionario de esta convención", declaró el secretario ejecutivo de la convención, Luc Gnacadja, tras la clausura.
"Para describir un elefante, se debe acordar cómo se ve un elefante", explicó Gnacadja.
"Lo mismo pasa con la desertificación, la degradación de los suelos y la sequía. Los países deben acordar de qué se trata antes poder monitorear tendencias en estos procesos", añadió en un comunicado. El asunto que generó esa demora fue el presupuesto de funcionamiento de la secretaría y de estas conferencias. Se aprobó un incremento de poco más del 4% del presupuesto, que será de 11,2 millones de euros para los próximos dos años.
Ese dinero no va directamente a proyectos para frenar la desertificación, sino a mantener la gran maquinaria burocrática de funcionamiento de la convención.
El escaso rango político de lo representantes en la cumbre fue muy elocuente.
España, país gravemente afectado por el problema y donante de ayuda a la conferencia, envió al subdirector general de Política Forestal y Desertificación, José Antonio González Martín, algo que contrasta con el empuje dado por el Gobierno hace dos años, cuando acogió en Madrid la octava cumbre de la conferencia con Cristina Narbona como ministra. Unas cuarenta ONG emitieron un duro comunicado donde calificaron la cumbre de desertificación como la "hermana pobre" de las tres convenciones de la ONU sobre medio ambiente.
Las otras son las reuniones de cambio climático y la de biodiversidad.
Las ONG destacaron también el "escaso compromiso" de los gobiernos.
"No sólo no se avanza en el combate, sino que ni tan siquiera se han conseguido establecer indicadores suficientes para evaluar el estado mundial y la evolución del problema".
Dos tercios del planeta se verán afectados por la desertificación en el 2025 si no se aplican estrategias paliativas mientras que un 40% de la superficie terrestre ya es seca. La desertificación ha aumentado entre un 15% y un 25% desde 1990.
En la conferencia se apuntó que la reciente crisis alimentaria se debe, entre otros factores, a una caída de la productividad, fruto a su vez de la degradación de los suelos, según dijo Zafar Adeel, director de la Red Internacional de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas. La ministra de Medio Ambiente de Namibia, Netumbo Nandi-Ndaitwah. propuso que "para evitar la degradación del suelo se debería ir a las comunidades rurales, informarse y, a partir de esa experiencia, actuar". Y Adeel relacionó desertificación y cambio climático.
Si se reduce la productividad de la tierra, baja el secuestro de carbono, lo que agrava el calentamiento.