sábado, 26 de septiembre de 2009

Sequía continúa golpeando a México

El director del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACM), Ramón Aguirre, informó que los embalses que abastecen a la capital del país están en sus niveles más bajos históricamente.
México atraviesa la peor sequía de los últimos 70 años, pero las lluvias de las últimas semanas confundieron a la población, subrayó el funcionario.Dijo que por ese motivo la venta de accesorios y productos ahorradores de agua bajó un 80 por ciento, mientras la población está regresando a los anteriores niveles de consumo.
Sobre la reducción del abasto en algunas zonas del Distrito Federal, expresó que es obligatorio reducir el consumo un 30 por ciento este año, para evitar escasez en la capital durante el estiaje (etapa de más bajos niveles del líquido) del 2010.Al respecto, recordó que en enero se decidirá si disminuye o aumenta el recorte del suministro.
Lo más que puede pasar en cuanto a la reducción del corte es que en vez del 30 por ciento sea de 20 o 15 por ciento, pero está claro que nos va a faltar agua en el 2010, y si el incremento en la demanda ocurre como se da en todos los estiajes, podemos tener problemas muy serios, alertó.
Respecto a la necesidad de implementar acciones como las de otros países en el Valle de México, aseguró que es necesario utilizar agua potable para uso urbano exclusivamente, y aguas residuales tratadas para uso agrícola.
La agricultura ha sido uno de los sectores más afectados por la sequía, que ha ocasionado la pérdida de casi la mitad de la producción de maíz y frijol.Por tal motivo, el sector agrícola prevé un desabasto de alimentos para 2010, aunque esto es negado por las autoridades federales.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El desierto extremo

El desierto más árido del mundo está en el norte de Chile. Pero su aridez significa la belleza de una naturaleza imponente, donde parecen darse cita todos los extremos.

Bienvenidos a Atacama.

Atacama suena seco, tajante. Y desconocido. Tal vez los nombres no sean, entonces, tan arbitrarios como permite imaginar un recorrido al azar de los mapas. Porque bien le suena esta sucesión de vocales iguales al desierto más árido del mundo, esa franja de tierra que está entre dos ríos, el Copiapó y el Loa, y entre la cordillera de los Andes y el Pacífico, como un recordatorio de que hay lugares de la Tierra donde aún la naturaleza manda. Con todos sus extremos, Atacama es una región deslumbrante, hermana de desiertos como el del Kalahari o el outback australiano, dueña de fronteras que sólo pueden ver las aves. A la altura de los hombres, hay que rendirse a los límites que imponen la lejanía, la altura, la soledad.

EL LUGAR ETERNO

No es casualidad que en esta región del mundo sea la cuna del desierto. Explica la ciencia que la conjunción de los vientos, los anticiclones del Pacífico, la corriente fría de Humboldt, la contención monumental de la cordillera y la altura del altiplano se conjugan en esta parte del norte chileno para formar estas tierras extremadamente áridas, de una amplitud térmica brutal y paisajes excepcionales, testigos de períodos de 300 años sin lluvia alguna.
Son medidas que exceden las escalas de la vida humana y estos excesos de la naturaleza son los que dan la bienvenida al viajero que llega en busca de descubrir estas misteriosas tierras de Atacama.
La sequedad casi total y el viento, que puede alcanzar decenas de kilómetros por hora sin obstáculos que frenen su carrera, son los primeros que se hacen sentir.

Y junto con ellos el frío, de hasta 25 grados bajo cero; y el sol, que sube la temperatura al mediodía hasta los 30 a la sombra. No extraña entonces el viejo apodo, el “despoblado” de Atacama, como se lo conocía en la época colonial. Ni extraña que esta geografía haya deslumbrado durante el Rally Dakar, acostumbrado sin embargo a extremos, aventuras y tierras inhóspitas.

PAISAJES DE OTRO MUNDO

Mucho antes de que los telescopios espaciales permitieran echar una mirada a las superficies de otros mundos, el Valle de Marte del desierto atacameño ya había sido bautizado. Bastaba con los ojos de la imaginación para darles nombre a estas sucesiones rocosas que otros, más ominosamente, llaman también el Valle de la Muerte.

Del rojo al ocre, pasando por el blanco, están todos los matices que el suelo árido puede crear, destacados contra un cielo azul profundo. Este valle montañoso y arenoso a la vez, situado en la cordillera de la Sal, está cerca de San Pedro de Atacama, el principal punto de partida de las excursiones por el desierto. Hacia el oeste del pueblo, también en la cordillera de la Sal se abre el Valle de la Luna, que forma parte de la Reserva Nacional Los Flamencos.
La piedra, la arena y la sal petrificada dibujan relieves que recuerdan los cráteres lunares, evocando las formas caprichosas de un mundo desconocido o historias bíblicas dignas del mito: aquí no parecería tan extraño darse vuelta y encontrarse con la mujer de Lot convertida en estatua dentro de las curiosas cavernas de sal cercanas al volcán Licancabur, que forma frontera entre Chile y Bolivia. Al pie del volcán, la espectacular Laguna Verde deslumbra por la intensidad de su color y su colonia de flamencos, abriendo una inesperada ventana de vida en medio del desierto.

AGUA EN LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA

La soledad y el silencio de Atacama no deben hacer olvidar que, a pesar de la superficie aparentemente inmóvil, en este mundo de piedra subyace una actividad intensa. Partiendo muy temprano por la mañana

aquí todo es tan inmenso e inaccesible que no existen las distancias cortas se llega a lo alto de un campo geotérmico situado en la cordillera de los Andes: y de pronto, en la superficie de la tierra se abren los géiseres más altos del mundo, como bocas que intentaran respirar a más de 4000 metros, donde el oxígeno escasea y el cielo parece un techo transparente al alcance de la mano. Son los géiseres del Tatio, cuyos cráteres a altas temperaturas generan las fumarolas, visibles a la distancia como difusas siluetas fantasmales.

Así afloran a la superficie los ríos subterráneos de agua caliente del volcán Tatio, volcados en la forma de vapor y barro ardiente, como si Hades hubiera vuelto a la Tierra en busca de Perséfone y lo acompañaran en su viaje los aires del infierno.
Al regresar de los géiseres, la naturaleza se muestra en un costado más plácido. Las vicuñas pastan a lo lejos, ágiles y temerosas, y pronto aparecen en el corazón de una quebrada brusca las termas de Puritama, invitando a tomar un baño de aguas calientes sumergido en el corazón del desierto.

El lugar es de rara belleza: un sitio donde cambiarse y algunas pasarelas de madera, rodeadas de vegetación, conducen hasta una pileta natural de ocho metros de diámetro, donde las aguas brotan a 30 y forman un oasis tan reparador como exquisito.

Las termas están ahora bajo la administración del Hotel Explora, un establecimiento ecológico y de lujo situado sobre una propiedad de 18 hectáreas cerca de San Pedro de Atacama.

SAN PEDRO DE ATACAMA
A la ida y a la vuelta, temprano por la mañana o cuando ya atardece, San Pedro de Atacama es más que un simple punto de partida o de llegada en las exploraciones del desierto, la cordillera y los salares. El pueblito, un oasis en el altiplano, rodeado de las altas cumbres de los Andes, tiene unos 5000 habitantes y casi otros tantos visitantes a lo largo de todo el año, llegados de todas partes del mundo para sentir la experiencia de una vida conectada con las fuerzas más esenciales de la naturaleza. Su presencia provoca un contraste curioso entre las familias que se dedican a la agricultura tradicional y la profusión de restaurantes, agencias de viajes y locutorios que vienen de la mano del turismo: pero la fusión está bien lograda y el cosmopolitismo atacameño es tan particular como atractivo.
Además, San Pedro de Atacama es un centro arqueológico clave para descifrar la historia de los pueblos que se establecieron en el extremo norte de Chile hace miles de años, desafiando las inclemencias de la Puna y convirtiéndola en el centro de la “cultura San Pedro”.
A ellos se les deben las primeras terrazas de cultivo en los cerros, el desarrollo de una agricultura a base de maíz, quinoa, calabaza, papas, tunas y porotos, el comienzo de la ganadería y la explotación de carne y lana de llama y alpacas. Poco a poco, también desarrollaron formas de arte y artesanía en cerámica, tejidos, tallados en madera y en metales como el cobre y el bronce.
El paseo por el pueblo tiene varios lugares imperdibles: la iglesia local, con su muro de adobe y sus puertas con arcos, data del siglo XVIII y es una auténtica postal del altiplano. La construcción más antigua, sin embargo, es la “casa incaica”, con techo de troncos, ramas y paja: y son muchas las casas nuevas que conservan la tradición del adobe, lo mismo que los hoteles deseosos de integrar su silueta al paisaje y fundirse en sus colores.
Para conocer algo más de la historia de este oasis de Atacama, hay que abrir las puertas del Museo Arqueológico Padre Le Paige, fundado por un misionero jesuita belga que se aficionó a la arqueología andina y reunió los numerosos elementos indígenas que hoy se exponen en sus salas.
Es otra forma de desandar el camino al pasado, de internarse en sus secretos y de recorrer los senderos que permiten interpretar los paisajes, la gente y el mundo mismo del desierto encerrado entre el mar y la cordillera.

martes, 15 de septiembre de 2009

México acelera su paso a la desertificación

La sobreexplotación de los ecosistemas, su uso irracional y el crecimiento económico han provocado un severo deterioro ambiental, advierten especialistas

Si a usted le dijeran que los seres humanos afectamos más al planeta que el meteorito que generó la extinción de los dinosaurios que habitaban la Tierra hace 65 millones de años, seguramente calificaría la aseveración como una
locura.

El problema es que la afirmación es cierta

El hombre está generando un efecto de esas dimensiones, advierte el biólogo José Sarukhán Kermez, coordinador de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). “El impacto es más sutil, pero el cambio que está generando la actividad humana es de esa magnitud. Es una modificación de las condiciones del planeta y la contribución de los mexicanos está entre los primeros lugares del mundo”.

Los recursos naturales de México son únicos

A pesar de representar sólo 1% de la superficie terrestre, su diversidad biológica resalta al ser comparada con la de muchos otros países, pues forma parte de las 12 naciones megadiversas en la orbe. Sin embargo, la irracionalidad de su uso, la sobreexplotación de los ecosistemas y el impacto del crecimiento económico han provocado un severo deterioro ambiental, alertan investigadores y ecologistas en el documento Capital Natural de México, coordinado por la Conabio.
De finales de la década de los 70 hasta 2000 se perdieron en México más de 84 mil hectáreas de cobertura vegetal, de acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). En cifras conservadoras de la propia institución, cada año se deforestan 314 mil hectáreas, de 2001 a la fecha. Los ambientalistas difieren y aseguran que el promedio anual de pérdida supera las 500 mil hectáreas.
Estos porcentajes de pérdida nos colocan en el cuarto lugar mundial. La cobertura forestal de México es de 56 millones de hectáreas en total.
La mitad de la cobertura vegetal del país ha sido eliminada, con la consecuente e irreversible transformación de los ecosistemas. El desarrollo agropecuario, ganadero y el crecimiento de las zonas urbanas han arrasado con cientos de especies de flora y fauna que, por sus características endémicas, desaparecieron del planeta en unas cuantas décadas, coinciden ambientalistas e investigadores.
Según el estudio Transformación de los Sistemas Naturales de México del Instituto Nacional de Ecología, actualizado hasta 2007, la superficie deforestada anualmente por tipo de vegetación muestra esta tendencia: 51% afecta a selvas, 34% a bosques y 15% a zonas áridas.
“Nuestro país ha perdido más de 95% de sus bosques tropicales húmedos (incluyendo selvas perennifolias y bosques mesófilos), más de la mitad de sus bosques templados, y un porcentaje difícil de cuantificar de los recursos de sus zonas áridas y desiertos naturales, pero que sin duda también representa más de la mitad del acervo original”, se advierte en la citada investigación.
También se señala que una mención aparte merece la desaparición de humedales, especialmente de manglares, cuya importancia, en función de su productividad biológica, no guarda proporción alguna con su reducida extensión geográfica. Nuestros humedales han ido cediendo terreno a desmontes y rellenos para actividades agropecuarias o proyectos de camaronicultura, y han sufrido alteraciones diversas como resultado del desarrollo urbano o de la creación de infraestructura, se señala en el estudio.
La investigadora Patricia Koleff, directora de Técnica y Análisis de la Conabio, va más allá en su análisis y considera que en cuanto a terrenos forestales, lo que todavía tenemos está muy degradado. “Nos queda 50% de la cubierta verde que teníamos pero esa vegetación ya no está en estado primario. De las selvas del sureste de México lo que nos queda son pequeños remanentes, unos cuantos parches fragmentados”. Y sobre esta afirmación advierte que de no revertir esta tendencia “vamos a ser la generación que documente la pérdida de capital natural que son las selvas, uno de los ecosistemas más ricos del planeta”.
El deterioro de los ecosistemas está muy relacionado con el boom de la revolución industrial, coinciden los especialistas. Pero, señala Koleff, estamos resintiendo los resultados de que las últimas administraciones gubernamentales de México hayan apostado por una política sustentada en el modelo de desarrollo económico sin atender al medio ambiente como parte de un capital de todos los mexicanos.
“A lo largo de la historia, en el ámbito de las políticas públicas hemos procedido como si tal diversidad no existiera, de acuerdo con la visión de quienes han tenido en sus manos la conducción de la vida nacional, basada en intereses personales y de grupo”, se advierte en el estudio del capital natural de México.
Tanto ambientalistas como investigadores coinciden en que no hemos sabido valorar en su justa medida los beneficios de los recursos naturales que tenemos.
El Centro Mexicano de Derecho Ambiental señala que entre las fuentes principales de pérdida de superficie forestal en el orbe se encuentran los programas gubernamentales de colonización y desarrollo, el cambio de uso de suelo hacia actividades agrícolas y ganaderas (en muchos casos alentado por programas y políticas también del gobierno), la explotación comercial desmedida y la extracción ilegal. En México, por ejemplo, en los años 70 se creó la Comisión Nacional de Desmonte, vigente 10 años, que se dedicó a tumbar bosques y selvas a como diera lugar, y el gobierno de entonces entregó subsidios a los pequeños productores para que metieran en sus tierras desde chivos y cabras, hasta cultivos, sin tomar en cuenta el daño a los ecosistemas.
Sarukhán comenta: “En ese momento se pensaba que había que abrir la frontera agrícola en vez de pensar en cómo hacer para tener rendimientos más altos con menos daños ecológicos por hectárea”.
Las presiones poblacionales sobre los recursos forestales y la biodiversidad son claras. Algunos estudios interrelacionan el crecimiento numérico de la humanidad con la pérdida de hábitat (principal causa de eliminación de especies naturales). En el caso de México, si las tendencias continúan, se espera que al aumentar la densidad de población de 478 personas por kilómetro cuadrado en 1995 a 807 en 2050, ello vaya ligado a 67% de pérdida de hábitats.

Desordenada ocupación

La biodiversidad y los ecosistemas del país manifiestan síntomas de un impacto antropogénico desde hace siglos, pero ha sido particularmente agudo en las últimas cuatro o cinco décadas, caracterizadas “por la intensa huella ambiental que la actividad humana imprime a los ecosistemas que albergan la biodiversidad”, se expresa en el análisis sobre el Capital Natural de México.
Esta desordenada ocupación del territorio para fines urbanos o de producción agrícola ha exacerbado el efecto de los fenómenos naturales, “causando desastres con costos sociales y económicos muy elevados”. Se estima que los desmontes ilegales con fines de cambio en el uso del suelo son responsabilidad de 90% de la deforestación en México. Los incendios, la tala clandestina y las plagas forestales constituyen el resto de las causas.
Sarukhán Kermez, también fundador del Instituto de Ecología de la UNAM, comenta en entrevista que la deforestación y la agricultura aportan alrededor de 25% a 30% de los Gases de Efecto Invernadero (GEI). En su análisis, no sólo las pérdidas cuantificables son de alto valor. “El daño va más allá porque arrasa con los servicios ambientales, uno de ellos la captura del dióxido de carbono (CO2), que se da no sólo en los sistemas verdes, también en los marinos”.
Advierte: “Por un lado estamos bombeando más gases de efecto invernadero y por otro estamos reduciendo la capacidad de los sistemas ecológicos que los absorben, la acumulación de esos gases en la atmósfera se está haciendo cada vez mayor, lo que contribuye a la aceleración del cambio climático”.
Otro efecto de la pérdida de los servicios ambientales es la crisis del agua. Héctor Magallón, coordinador de la campaña de bosques de Greenpeace, señala que la captación de agua por los sistemas naturales ha bajado cada vez más por la reducción de las áreas boscosas.
La deforestación ocasiona la pérdida de nuestra riqueza biológica, pone en riesgo el abasto de agua y además acelera el cambio climático. Se estima que 20% de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) a nivel mundial provienen de la pérdida de los ecosistemas forestales que desaparecen a un ritmo de 13 millones de hectáreas cada año en el mundo. “Ya hemos perdido alrededor de 47 millones 651 mil 200 hectáreas de ecosistemas forestales. Si seguimos a este paso, de aquí a 2020 perderemos más de 10% de lo que nos queda”, opina el ambientalista Magallón.
En el estudio del Capital Natural se documenta que la degradación de los bosques reduce la polinización y consecuentemente afecta los rendimientos de los cultivos aproximadamente en 30%.

Daños económicos

Según las evaluaciones del economista inglés Nicolás Stern, el costo económico de encarar el cambio climático sería de 2% o 3% del producto global bruto, aunque no hacerlo implicará en unos 20 años, más de 20%. “La no acción tiene un costo gigantesco. Cuesta hacer este esfuerzo de reducción pero así es el tamaño del problema”, señala Sarukhán.
Patricia Koleff asegura que la prevención sería lo más económico. “Si hoy tomamos medidas e invertimos, quizá 2% del PIB, vamos a ahorrar en el costo de la desaparición de cientos de miles de hectáreas del capital vegetal de México.
Sarukhán Kermez hace un llamado en el sentido de que no todos los daños son cuantificables en el aspecto económico. “Estamos modificando el escenario evolutivo que generó la vida como hoy la conocemos y de la cual somos producto, somos una especie más de los varios millones que existen en el planeta, sin embargo, no ha habido otra que haya modificado tan profundamente ese proceso”, agrega el coordinador de la Conabio.
“La dimensión del cambio es tan grande que las condiciones ambientales que son las que determinan el rumbo evolutivo de los organismos han cambiado profundamente, hemos perdido en el planeta 50% de las áreas cubiertas por ecosistemas naturales, estamos modificando profundamente los sistemas oceánicos. Hay muchas especies que están extintas o que están en el proceso de extinguirse, la tasa estimada de extinción es mil veces más alta que la tasa que ha existido históricamente”.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Sin bosques no hay futuro

Como cada año, asistimos resignados al mismo panorama. En la Península Ibérica, miles de hectáreas de bosque se han consumido, pero no todo queda aquí. En la prensa vemos como en otras partes de la Tierra: California, Grecia, Australia.. se repiten con más intensidad violentos incendios que lo devoran todo a su paso. Y es que el fuego no perdona; todavía menos, cuando cuenta con un aliado alimentado por el hombre, como el cambio climático.
Los veranos, como demuestran las agencias metereológicas, cada vez son mas severos; caldo de cultivo para propiciar y propagar incendios forestales. Ahora que deberíamos estar mas preparados y alerta que nunca, seguimos sin tomarnos en serio este asunto y con políticas forestales superficiales y frágiles.
Todo esto ya lo sabemos, pero queda mucha gente que no conoce lo que está perdiendo con cada árbol que se convierte en cenizas. Cuando se pierde así nuestra diversidad natural, no solo se nos arranca violentamente nuestro futuro, sino que estamos perdiendo nuestra verdadera economía.
La riqueza que queda, la que nos sustenta y no se convierte en chatarra al cabo de unos años, como los automóviles que con tanto empeño las autoridades se preocupan por salvar. Sería interesante que hubiera un PIB que añadiera las perdidas por la contaminación, los incendios forestales, y todos aquellos problemas derivados del cambio climático. Es decir, que el indicador económico tuviera en cuenta las consecuencias medioambientales del crecimiento económico. De tal forma, como apuntaba el economista Serge Latouche, observaríamos un Estado sumido en la más profunda y absoluta recesión.
Por eso, es el momento de pedirle al presidente del Gobierno, qué ha sido de su promesa de plantar 45 millones de árboles para luchar contra la desertificación, conservar la biodiversidad y así crear empleo rural.
Desde que hizo tal promesa hace ya 2 años, no se ha plantado ni un solo árbol y lo que es peor, no hay noticias nuevas. Diversas personalidades y colectivos ecologistas estamos esperando que se cumpla dicha promesa. David Hammerstein, antiguo eurodiputado verde, afirmó que con los 90 millones de euros que costaría cumplir la promesa, se crearían unos tres mil empleos. Esto significa, 33 empleos por cada millón gastado, bastante más que los siete empleos por cada millón gastado en grandes infraestructuras o las inversiones industriales.
Sin embargo, el motivo dado por el Gobierno para aplazar la plantación de árboles es la actual crisis económica. Obviamente, ni los ecosistemas forestales ni el empleo rural son prioridades para el Gobierno.A pocos meses de la Cumbre de Copenhague sobre el Cambio Climático, un encuentro decisivo para salvar el clima y que será el sustituto del Protocolo de Kyoto, es hora de tomarse en serio el asunto, y pasar de las palabras a los hechos, de reconvertir nuestras economías y bajarnos del tren que al grito de «más madera» acabará consumiéndose en su codicia.
Obviamente, no vamos a salir de la crisis ecológica plantando árboles, pero como demostró la premio nobel de la paz, Wangari Maathai, son de gran ayuda para luchar contra la desertificación, asegurar la supervivencia de las poblaciones rurales, y luchar contra el cambio climático. Por eso, el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente se propuso plantar 7.000 millones de árboles para 2009 y ya llevan más de 4.000 millones.
Nuestro presidente de Gobierno, debería ayudar a alcanzar este objetivo, y ponerse a la cabeza del liderazgo contra el cambio climático. Demostrar que las cuestiones ambientales son un eje vertebrador e inseparable de cualquier otro tipo de política, y que no puede haber salida de la crisis actual repitiendo los modelos grises y de cemento del pasado.

Los incendios forestales han calcinado 84.000 hectáreas en lo que va del año

En lo que va de año el fuego se ha llevado por delante 84.000 hectáreas de la cubierta vegetal del país entre arbolado, monte bajo o matorral. Y lo que es peor, los incendios han segado 11 vidas humanas, nueve de ellas en el transcurso de las labores de extinción.
El negro balance acaba con la tregua de los dos últimos años y devuelve al país a la media del «último quinquenio», según responsables del Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino.
Este año diez comunidades autónomas han registrado incendios de distinta magnitud. Hasta el 9 de agosto se habían declarado 25 grandes incendios - los que afectan a más de 500 hectáreas-, tres de cada cuatro en la segunda quincena de julio, la peor hasta la fecha, recordó José Antonio González, subdirector general de Política Forestal y Desertificación.
González inauguró este lunes un curso sobre incendios forestales en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) de Santander y recordó que, a pesar de una mejora en la situación en este comienzo de agosto, se mantiene activado todo el dispositivo estatal de extinción y control; éste incluye, en el período de máximo riesgo, 63 aeronaves y 10 brigadas de refuerzo que se suman a los medios que en cada caso habilitan las comunidades autónomas afectadas.
Según la Dirección General de Protección Civil y Emergencias del Ministerio del Interior, este martes el riesgo de incendios será especialmente elevado en puntos dispersos del país, de manera especial en el tercio central peninsular.
Hay alerta para la provincia de León, la confluencia de Orense, Zamora y León, Soria, Segovia, Ávila, sur de Burgos y sureste de Salamanca, Guadalajara, Cuenca, Albacete, Navarra, sur de Teruel, noreste de Huesca, oeste de Castellón y Valencia, así como el noroeste de Murcia. Las altas temperaturas generalizadas también obligan a extremar la vigilancia al este de la provincia de Barcelona, en la confluencia oriental de Cáceres y Badajoz, y en la frontera oriental de Sevilla con Málaga.

Ecologistas alertan que desertificación avanza y afecta a Parques Nacionales

En España afecta a más del treinta por ciento del territorio.

En declaraciones a Efe, el responsable de contaminación de Greenpeace, Julio Barea, ha subrayado que la desertificación es un problema grave que amenaza ya a los Parques Nacionales, y ha avisado de que 'detrás de las Tablas de Daimiel, que ya no existen, va Doñana'.
'Si ni siquiera somos capaces de cuidar joyas de nuestra biodiversidad como son los Parques Nacionales, cómo vamos a cuidar la ladera oeste del Monte Pelado de Ciudad Real', se pregunta este ecologista.
Las causas que provocan la desertificación como el cambio climático, la sobreexplotación de los acuíferos y de los recursos hídricos o la agricultura intensiva 'no se están atajando', según Barea, quien ha asegurado que 'plantar cinco arbolitos' no es la solución, sino más bien 'poner paños calientes al señor al que le han amputado las dos piernas'.
Se ha mostrado 'bastante pesimista' respecto a las acciones puestas en marcha en España para frenar el proceso a pesar de que existe un Plan Nacional de lucha contra la desertificación.
De la situación de Doñana ha alertado también WWF, que ha presentado un informe sobre las necesidades de agua de los ríos, arroyos y marismas de este espacio protegido, para garantizar su supervivencia a medio y largo plazo.
Esta organización ecologista ha advertido de que, si se siguen sobreexplotando los acuíferos, Doñana sufrirá 'irremediablemente' el mismo proceso que el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, que apenas cuenta con un 1 por ciento de superficie inundada.
El Día Mundial de Lucha contra la Desertización y la Sequía fue instituido por la ONU en 1994 para sensibilizar de la necesidad de luchar contra este fenómeno, que supone la pérdida del potencial productivo, económico y biológico de los ecosistemas.
Según los datos de Naciones Unidas, la degradación del suelo afecta a 1.200 millones de personas que viven fundamentalmente de la agricultura y la ganadería, y unos 200 millones sufren los efectos de la desertización hasta el extremo de verse obligados a abandonar sus tierras y emigrar a otras zonas.
No obstante, la investigadora del CSIC Mónica García, que actualmente desarrolla su trabajo en Doñana, ha asegurado a Efe que tener un dato consistente a escala mundial o española sobre desertificación es complicado y lo que existe hasta ahora son mapas de riesgo.
A su juicio, no se puede decir que la desertificación avanza como si fuera el desierto, pero sí que la presión humana, interactuando con el clima, hace que se sobreexploten los recursos y se produzca una pérdida del potencial de los ecosistemas.
Por ello, no es un proceso que se propague de forma uniforme, sino heterogénea, pues depende del uso del suelo en cada territorio, aunque 'el panorama en algunas zonas no es tan catastrofista como a primera vista se puede pensar'.
Esta investigadora coincide con las organizaciones ecologistas en que en Doñana podría ocurrir lo mismo que en el Parque de las Tablas de Daimiel si se sigue urbanizando y se siguen sobreexplotando los recursos como hasta ahora.
Para atajar el problema de la desertificación, a su juicio, 'es importante primero medir lo que está ocurriendo y luego ser conscientes de a dónde nos pueden llevar ciertos modelos de desarrollo'.-